Biden no vendrá al rescate

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Biden no vendrá al rescate

La asunción de Joseph Biden como presidente inaugura una nueva era en la política exterior norteamericana, probablemente marcada por reglas más claras, un intento de reconstrucción del orden global y una apuesta por la institucionalización, las alianzas y el multilateralismo. En ese marco, han sido múltiples los analistas y políticos latinoamericanos que han remarcado la oportunidad que este cambio implica para la región, que había quedado relegada y presa de una política errática durante la administración de Donald Trump, augurando tiempos de mejores relaciones y beneficios varios. En el caso argentino, el propio canciller expresó los deseos de apoyo en las negociaciones con el FMI y en el levantamiento de los aranceles al biodiesel.

Como argumentos a favor de esta nueva agenda de cooperación se suele apelar a los múltiples viajes de Biden a Latinoamérica, a la conformación diversa de su gabinete y a la supuesta oportunidad que la propia región representa para el nuevo mandatario, que mediante una política de tono más suave y enfocada en la cooperación multilateral podría restaurar el liderazgo histórico de Washington, sirviendo de ejemplo para el resto del mundo.

Sin embargo, estos augurios corren el riesgo de caer en lo que los psicólogos han denominado sesgo de Wishful thinking; en pocas palabras, aquella creencia que dicta que algo sucederá solamente porque nosotros mismos necesitamos que suceda. En este sentido, las necesidades sociales y económicas de una región agonizante podrían nublar el juicio de los mandatarios latinoamericanos ante un mundo tal vez más incierto que nunca. Seamos claros. Es cierto, el tono propuesto seguramente sea más cordial y de menor presión en algunos casos, pero interés y conocimiento no necesariamente implicarán capacidad de acción, o que las acciones sean las deseadas.

Ante todo, las declaraciones, aunque importantes, no deben pesar más en el análisis que las realidades. A pesar de alguna que otra mención pasajera a la región, América Latina en general y la Argentina en particular son relativamente marginales dentro de la compleja agenda que deberá enfrentar Biden, que incluye fundamentalmente un frente interno dividido y tenso, una China cada vez más asertiva, así como diversos actores internacionales con actitudes cada vez más revisionistas. Eso sin nombrar las siempre presentes tensiones de Medio Oriente, el Asia Pacífico y Europa en general.

Difícilmente los asesores de Biden le recomienden arriesgar esfuerzos y capital político en una región hoy en día poco estratégica y cargada de problemas internos, que implicaría más complicaciones que soluciones. La dolorosa y prolongada recuperación económica y las turbulencias políticas y sociales que probablemente marquen a la región en los próximos años difícilmente son condiciones adecuadas para plantar las bases de grandes planes hemisféricos. Latinoamérica estará, con suerte, entre las últimas prioridades del nuevo gobierno. Y como dicta el dicho, el que mucho abarca, poco aprieta.

Por otra parte, según datos de encuestas recientes, la población norteamericana, para la que los problemas políticos, sociales, económicos, laborales y de salud internos son más urgentes que nunca, se ha demostrado fuertemente reacia a asumir nuevos compromisos en el exterior. A esto se suma un congreso ligeramente favorable pero fundamentalmente dividido, donde difícilmente encuentre apoyo para establecer cambios radicales y nuevos órdenes a nivel regional.

Asimismo, el éxito de cualquier política hacia la región dependerá también de la voluntad política de los homólogos latinoamericanos, como corresponde a cualquier relación bilateral. En tal sentido, la costumbre sudamericana de avivar el sentimiento contra Washington en búsqueda de réditos políticos internos puede subvertir los resultados de toda buena intención que pudiera tener el nuevo mandatario.

Además, aunque Biden lograra orientar su mirada hacia el sur, sus políticas difícilmente sean las que varios líderes latinoamericanos desearían. Para bien o para mal, el consenso en Washington es que algunas de las políticas promovidas por Donald Trump han llegado para quedarse.

En primer lugar, respecto de China, existe un consenso bipartidario en cuanto al diagnóstico, e incluso en partes de la solución. Biden ha planteado mantener una postura dura frente a Beijing, reconociendo su ascenso como potencia no liberal y los peligros que implica para los intereses norteamericanos en el mundo. Esto podría tener repercusiones peligrosas en la relación triangular entre ambas potencias y América Latina.

En segundo lugar, gran parte de la agenda hacia la región estará centrada, como fuera el caso de Trump, en las cuestiones migratorias, de baja relevancia para el Cono Sur. Más aún, Juan Sebastián González, nuevo director de Asuntos Hemisféricos en el Consejo de Seguridad Nacional, ya ha reconocido que el tan discutido muro con México es necesario en algunos sectores de la frontera.

Asimismo, Biden ha propiciado el regreso de la política exterior basada en valores y la defensa de la democracia contra el avance del autoritarismo. En tal sentido ha prometido reafirmar la presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro (que sigue contando con un tácito apoyo argentino), defender los valores republicanos y la separación de poderes y luchar contra la corrupción, la que fuera parte de su bandera en su aproximación hacia la región en sus años como vicepresidente. No deberían descartarse roces con varios gobiernos de la región en estos múltiples ámbitos. En cuanto a las relaciones con Jair Bolsonaro e Iván Duque, que habían forjado relaciones amistosas con Trump e incluso expresaron apoyo a su reelección, tampoco es esperable ver abrazos y sonrisas en el futuro cercano.

Finalmente, en el ámbito de la inversión y el comercio, frente a las consecuencias de la pandemia, es probable ver una relativa continuación del repliegue de fronteras y el fomento del mercado laboral interno. Al menos en la relación con la Argentina, no deberían esperarse mayores cambios. Más aún, a pesar de la supuesta mejor predisposición que se suele presumir sobre las gestiones demócratas, la gestión de Alberto Fernández poco tuvo para reprochar en términos concretos a Donald Trump en cuanto al trato bilateral. Por el contrario, cabe recordar las esperanzas sobre las relaciones bilaterales gestadas a inicios de la gestión Obama, en la que Biden era vicepresidente. Las mismas se convirtieron en decepciones con el paso de los años, en los que se forjó una relación de antagonismo y desinterés frente al gobierno de Cristina Kirchner. Tales recuerdos tal vez no marquen la relación bilateral, pero tampoco caerán en el olvido rápidamente.

En síntesis, aunque sería esperable el fortalecimiento de los lazos con México y con América Central, a pesar de los discursos y las buenas intenciones, lo prudente entre los líderes del resto del continente será no esperar grandes cambios ante el arribo de Biden. Más aún, las soluciones a los problemas estructurales de la región no llegarán desde afuera, sino únicamente a través del consenso y el desarrollo interno. La clave residirá en evitar confrontaciones innecesarias que pudieran afectar ese desarrollo, recordando siempre la jerarquía del sistema internacional y el lugar que cada uno ocupa en ella.

De Lautaro Rubbi para Mentor Político

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