Dime qué escribes y te diré cómo has gobernado

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“La Providencia recibe órdenes de los hombres.” (Un mundo feliz. Aldous Huxley)

Los ex presidentes suelen escribir libros luego de concluir sus períodos de gobierno. Es una forma de cerrar una carrera política, para algunos y, en ocasiones, una legítima fuente de ingresos para el autor.

Más allá de las virtudes literarias que ostenten o carezcan tales obras, la cuestión es que cumplen la función de ajustar aquello que fue planeado ex ante con lo ejecutado, logrado o no realizado ex post de la gestión de gobierno. Un balance.

Los políticos mejor formados, con mayor enjundia intelectual, con sanos berretines filosóficos y/o aspiraciones de liderazgo doctrinario escriben antes de llegar al poder para tener más en claro sus ideas y comunicarlas eficazmente a sus seguidores y persuadir a aquellos que pueden llegar a serlo. Formulan las ideas que darán forma a sus planes de gobierno. Escriben para conocer, escriben para conocerse, escriben para conocernos. Escriben prospectivamente.

Viajando en el tiempo, de un extremo a otro de las ideologías políticas, encontramos variedad de ejemplos. El emperador-filósofo Marco Aurelio fue pionero con sus Meditaciones donde dejó un legado de reflexiones acerca de la condición humana y del vínculo entre razón y poder para asegurar un buen gobierno.

En Argentina, aquel país del Cono Sur caracterizado por las “excepciones generalizadas”, cuenta con un puñado de políticos que cultivaron su condición de estadistas con una prolífica obra literaria. Ahí están los cincuenta y seis tomos de las obras completas de Domingo Faustino Sarmiento (accesibles en formato digital en la web del Museo Sarmiento), los veintiocho tomos que recopilan libros y discursos de Juan Domingo Perón o los trece volúmenes de autoría de Arturo Frondizi. Desarrollaron en esos textos sus visiones del mundo, la caracterización de la cuestión esencial de la época en que vivieron, los escenarios geopolíticos en la que se insertaba Argentina como Estado-Nación soberano, sus proyectos para lograr la modernización del país, los obstáculos culturales, económicos y políticos que debían enfrentar sus acciones para alcanzar el éxito como comunidad de destino compartido.

Pero la Argentina surgida de las cenizas de la última dictadura militar nos ha legado una nueva categoría en la taxonomía del género político: “los presidentes sentimentales”, parafraseando a aquella novela de Gustave Flaubert, La educación sentimental, una novela psicológica de la desilusión. Al igual que Frédéric Moreau, el protagonista surgido de la imaginación de Flaubert, los Alfonsines, Menems, De la Ruas, Duhaldes, Cristinas y Macris escribieron y escriben para testimoniar su desconsuelo ante los abusos de quienes crearon como enemigos; desilusionados ante la sequedad de sus realizaciones frente a la frondosidad de sus sueños iniciales; desconsuelo que los lleva a conformarse con el medio camino de lo logrado “a pesar de” de sus obstaculizadores seriales, propios y ajenos. Nos invitan a participar de su medianía solicitando el reconocimiento póstumo de lo que pudo ser mejor pero no pudo ser, no por su falta de preparación intelectual, sus carencias axiológicas y su desprecio por las ideas, actitud casi rayana en lo lumpen, sino por porque la sociedad no era aquella que jamás se detuvieron a analizar.

La publicación de textos de los ex primeros mandatarios testimonia uno de los principales problemas de nuestros grupos dirigentes: la escasa o nula formación filosófica y doctrinaria, su desconocimiento de los condicionamientos geopolíticos contemporáneos y su alejamiento de toda noción que provenga del realismo. Son hijos de una voluntad de poder sin proyecto, de la ansiedad de acumulación de fuerzas como fin en sí mismo. El destino de la Patria no puede ser ajeno a esas carencias porque, así como escriben nos han gobernado.

Por Gabriel Gasalla para Mentor Público

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