Hoy, más que nunca, evitemos las confrontaciones innecesarias

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Hoy, más que nunca, evitemos las confrontaciones innecesarias

La Argentina, mal que nos pese a los propios argentinos, es hoy un país pobre e irrelevante para el sistema internacional. Al 2019 el país sólo representaba cerca del 0,5% del PBI mundial y el 0,3% del total de las importaciones. Es probable que para fines de 2020 esos números sean incluso menores. Resulta irrisorio pues, que desde la victoria electoral de Joe Biden, periodistas de todo cuño consultaran a expertos, analistas, académicos, políticos y diplomáticos cuál consideraban que sería la política del nuevo mandatario norteamericano hacia de la Argentina. En términos relativos, según el tamaño de la economía, es como si a Alberto Fernández se le hubiera preguntado el día de su victoria cuál sería su política hacia países como Jamaica, Albania o Burkina Faso. En pocas palabras, no hay ninguna.

Aunque aún nos mantenemos cerca del quintil superior del ranking de países según PBI (más allá de lo discutible que pueda ser esta medida), durante varias décadas no hemos hecho sino más que caer posiciones. Si consideramos otros factores, la Argentina sufre frente a los Estados Unidos lo que Carlos Escudé, reconocido teórico de las Relaciones Internacionales, denominó síndrome de irrelevancia. No sólo somos un país pobre e indefenso en términos materiales: somos fundamentalmente un productor de alimentos de clima templado, cuestión irrelevante para el más importante productor de tales alimentos de todo el mundo; no producimos armas de destrucción masiva; no albergamos grupos insurgentes que puedan afectar la seguridad norteamericana; no representamos amenaza alguna como país; y estamos lejos de los ejes centrales de competencia entre los grandes poderes.

En estas condiciones, el riesgo de costos asociados a confrontaciones inocuas frente a Washington se potencia por la irrelevancia relativa del país para sus intereses vitales. En otras palabras, a un presidente norteamericano poco le costaría castigar a la Argentina mediante sanciones económicas o a través de la mera pero tan dolorosa ignorancia por gestos o discursos de confrontación, revisionismo o revanchismo. Aunque guste poco, este es un hecho innegable de la relación, que deberá formar parte de la base de cualquier tipo de análisis realista que deje de lado alusiones idealistas, necesarias para proyectar un horizonte, pero contraproducentes en la toma de decisiones de corto y mediano plazo.

En este contexto, la incógnita fundamental reside en la posición que el propio Alberto Fernández adoptará frente al nuevo mandatario, posición que, de ser errada, podría implicar costos ruinosos para el país.

Ante esto, cabe resaltar el enigma de que un gobierno que se autoreconoce como peronista apoyara tácitamente y se sintiera más cómodo con la victoria del candidato demócrata, hoy el partido de las clases más educadas del país norteamericano, trabajadores de cuello blanco y defensor del libre comercio y las instituciones antes que con Donald Trump, un líder personalista que apoya la concentración del poder, el nacionalismo político y económico y que encontró sus bases en trabajadores industriales y desempleados. Su comentada relación fraternal con Mauricio Macri parece haber bastado para que el peronismo lo condenara, más allá de los obvios paralelismos. Por si esto fuera poco, también cabe recordar que hace no tanto Biden ejercía como vicepresidente de un mandatario que poco tenía en común con quien actualmente ocupa la vicepresidencia argentina, en una relación que se caracterizó más por la tensión que por la fraternidad.

La jugada de apoyo, aunque difícil de comprender, por azares del destino por ahora fue acertada. Podría no haberlo sido.

Es en este marco en el que se dio el primer contacto telefónico entre Joe Biden y Alberto Fernández. Como no podía ser de otra forma, el líder norteamericano hizo hincapié fundamentalmente en “la necesidad de la cooperación hemisférica”. El mensaje fue claro. Que el demócrata profesara que la Argentina “es un país muy importante” no es más que una muestra de respeto a las costumbres diplomáticas y de buena fe más básicas (aquellas que nuestros mandatarios seguido suelen olvidar). Los hechos indican que la Argentina ya no es merecedora de una política individual o especial. Las relaciones entre ambos países estarán guiadas fundamentalmente por la política que el mandatario establezca hacia la región en general. Sólo los errores propios que hagan sonar alarmas en Washington podrán abrir otros costosos caminos.

Fernández, por su parte, aprovechó la comunicación para solicitar la intervención de un presidente que aún no entra en ejercicio en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Como si un alumno pidiera al director que intervenga frente a un profesor para lograr una buena calificación… aunque el primero aún no haya asumido la dirección de la escuela.

Más allá de la curiosa situación, el presidente argentino olvidó una pregunta básica de las relaciones interestatales, sobre todo cuando de pedir apoyo se trata: y usted, ¿qué me puede ofrecer a cambio? Por ahora el interrogante no tiene respuesta.

Aprovechando el azaroso comienzo con el pie derecho y frente a las necesidades de apoyo externo, de aquí en adelante el camino de la Argentina deberá ser el de la no confrontación, siempre costosa y casi nunca necesaria, excepto cuando los intereses nacionales en términos de desarrollo económico estén en peligro. Esto, por supuesto, tampoco debería implicar un seguidismo automático y un plegamiento irracional. Por el contrario, las relaciones argentinas con el nuevo mandatario estadounidense deberán estar basadas, tal vez hoy más que nunca, en un prudente cálculo de costos y beneficios tangibles que reconozca la realidad del sistema internacional, del lugar que ocupamos en este y de nuestras necesidades.

La autonomía, idea tan preciada por los argentinos, debe ser aprovechada e invertida en acciones que redunden en algún tipo de ganancia para los propios ciudadanos, quienes poco obtienen de las épicas epopeyas discursivas frente a Golliat, tan propias de diversas administraciones anteriores, o de la falta de una condena contundente hacia líderes autoritarios de otros países empobrecidos como el propio, por mucha simpatía ideológica que se les tenga.

No habrá que confiarse en que la fortuna nos favorezca seguido. Porque por mal que pese, en el sistema internacional el derecho, la equidad y la justicia sólo imperan entre iguales, mientras que entre desiguales los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

 

Por Lautaro Rubbi para Mentor Político

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